Buscaron encontrarle el sabor a la ensalada. Los limones y
tomates rodaban sobre la mesa, mientras las cebollas yacían remojadas en un
recipiente con agua. Los muchachos se alistaban a preparar la mesa, sus ánimos
se alimentaban de las ansias de comer y ver comer. La música sonaba
pornográfica.
Con la pizza servida, la ensalada lista y el vino aún
cerrado, se sentaron a comer y ver comer. Quizá una extraña sensación de
caníbales los empezaba invadir. El muchacho, de piel tersa, no distinguía los
procesos de mezcla de la comida. Su voraz apetito lo invadía a servirse de todo
aquello que podía comer. El apetito puede ser voraz, y los dientes obedecen a
un deseo.
La mujer, intuitiva, centraba su atención en comer despacio
y con cautela. Su hambre no contenía la esperanza de ser animal, comía hasta
donde quería, hasta donde podía. El apetito puede ser voraz, pero los dientes
obedecen a la razón.
De alguna forma las personalidades mordían la pizza con
diferentes intensiones. La ensalada aportaba frescura a los paladares que
sentían al limón recorrer sus gargantas. Tal cual recorre la creatividad en un amor conyugal.
Eran las 8 de la noche, el vino se abrió luego de comer el
postre. El muchacho había esperado el postre hacia mucho. Sus intenciones se
hacían tangibles, se podían morder. El postre constituía el lado libidinoso de
la cena. La mujer también comió del postre, pero quizá el postre no comerá de
ella.
Y el vino navegaba en bocas ajenas. Humectaba la noche y los
labios. Nada sabe mejor que un beso sabor a vino. Quizá sea al vino a quien le
guste besar. Aquellos muchachos nunca lo llegarán a saber, pues la cena nunca
trascendió. El muchacho distraído y la chica mojigata agudizaron sus
identidades y el vino nunca fue ‘besado’.
Alguien se levanto de la mesa, ya había comido y bebido, la
cena había concluido ¿Para que continuar sentado? Mientras otra persona permanecía
en su sitio, esperando que las palabras y el vino sirvan para sellar un momento.
No se entendieron. Discutieron. Se amistaron. Volvieron a discutir… Un momento
se hace eterno en una cena y de una cena no se hizo un momento.
Las 9 de la noche y la cama estaba vacía, alguien lloraba en
el baño, mientras afuera una persona fumaba su tercer cigarrillo. Ya habían comido
y ya habían visto ver comer.