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viernes, 24 de mayo de 2013

Muletilla



La música dejó de escucharte. Ya no eres más noche. No eres más luna. Quizá nunca lo fuiste. Quizá nuca lo serás. Tu oscura lengua se aclara inexorablemente y vas perdiendo sangre. Ya perdiste tanta sangre que andas enflaqueciendo de identidad.

Te gusta tanto el ocaso que ahora te hayas un acaso. Si alguna vez fuiste oscura, el sol te aclaró demasiado. Tu repetición cansó a la nubazón. Ninguna nube quiere llover sobre ti. Ahora tienes leucemia, porque hasta tu sangre te traiciona.

La noche te dio la espalda. Incluso a ti, que te gusta la noche. Tu sonrisa se hizo tan inestable como el invierno limeño. Te colocaste la pañuelo negro y de tanto uso se hizo blanco. Ahora, la música dejó de escucharte.  Ahora eres muletilla.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Con Spinetta, desnudo en mi eter





















La bisagras de la puerta del cuarto se rasgan para abrir, están tan viejas que riñen entre si. Todo conspira para asesinar cualquier posibilidad de silencio. Y cuando la quietud para soplar en el viento, siempre queda alguna reminiscencia de ruido. En Tarapoto no existe el silencio. Siempre hay algo sonando.

El espejo se quiebra a la melodía Spinettana. El ‘flaco’ se sentó a las faldas de la cama, me miraba mientras cantaba con guitarra en mano, derritiendo a esa melodía, como queriendo desvestir la fina ropa blanca de aquella chica hermosa, como masturbarte el cerebro, como desnudar la voz de María Calas…

Me arroje a la cama abrumado de libertad, creo que no existe mayor placer que el sonido. Que el acorde es la morfología de la vida, que nadamos en piletas gigantes y flotamos de placer mientras huimos en estado de narcosis, alucinados como aves drogadas.

Cogí mis sentidos, mis dedos meñiques y emprendí viaje. Esa canción era un bálsamo para mis pies. Un jardinero que temprano amaneció, me desatormentó para enseñarme a su hermosa serpiente que viajaba por la sal.

Continuaba remolcándome en la cama. Spinetta no deshiilachaba las hojas del viento, sino al viento mismo, se mimetizaba con el. Su guitarra y su voz es el cáncer del cual estoy condenado. Y la metástasis avanza irremediablemente. No tengo cura.

Gracias por todo ‘flaco’. No puedo evitar fumar el riff que expones a diario en este otoño tardío. No he hecho esto por nadie. Y por nadie lo hare. También se lo debo a Gustavo. Mi sospecha es que está perdido en algún puente amarillo. (Regresa Gus, ya pasó el temblor)

Ya las bisagras se rasgan ahora en Lima, acá tampoco parece existir el silencio. Las luces oscurecen temprano sin las progresivas melodías spinettanas. Mañana es mejor al lado de la muchacha de ojos de papel. Pienso que, estas ahí, ahí, muy cerca flaco. Gracias por invitarme el durazno sangrando. Nunca probé nada mejor.