Al costado de las botellas de agua, hay breves ideas
amontonadas en la mesa, tan sucias como la mesa misma, maloliente, desmejorada
y desordenada. Moscas y gusanos luchan devorar cualquier residuo. En ese
muladar sórdido, sumido en la inexorable bohemia que la rodea, las botellas de
agua parecen afectadas por un verde moho pestilente que crece a su interior.
Los surcos de la sabana son tan pequeños como las ganas de
despertar de aquel hombre. No hay reloj de tiempo, solo hay uno que apenas
diferencia el día de la noche. Ahora mismo estamos de noche, la luna fea y
gorda no aviso cuando se encendió. Los surcos de la sabana se mueven al leve
movimiento de los pies de aquel hombre.
La mesa de noche, que nunca amanecerá y será siempre de
noche, carga a un pequeño ventilador, indispensable para amortiguar el cruel
calor que azota en la habitación y para promover el descanso de aquel hombre.
El sol descendido, dejó las llamas de su odio en el interior de la cama y en el
interior de aquel hombre.
Durmiendo boca abajo, el hombre mordía la almohada, dejando
que el sueño vague por su cuerpo. El vicio de dormir es el éxtasis del
silencio. El silencio duerme todo el tiempo. Su mama no se atreve a despertarlo,
es todo un dormilón.
Sobre la mesa, las breves ideas pestilentes continúan descansando
sobre la mesa. No piensan cual será su devenir, capaz ni siquiera piensan.
Nadie las conoce, ha sido discriminadas por ser
muy sucias, muy sórdidas, muy sátiras.
En la esquina de la habitación, hay ropas diversas;
diferentes colores, tamaños, diseños, tan diferentes que el sexo no
diferenciaba que ropa usar. El sexo no sabe que ropa usar, todo le queda y nada
le queda a la vez. Que complicado es el sexo.
El sueño no va despertar nunca, se llevó un soldado
desertor. Se fueron exiliados donde nadie los reconozca. Llegarán al bosque,
donde los espera un río. Allí se quitaran la ropa y en un verde día,
descasarán.
Mientras en la habitación, el hombre continuará durmiendo y
las breves ideas sucias esperarán por alguien que las despierte.