
La bisagras de la puerta del cuarto se rasgan para abrir, están tan viejas que riñen entre si. Todo conspira para asesinar cualquier posibilidad de silencio. Y cuando la quietud para soplar en el viento, siempre queda alguna reminiscencia de ruido. En Tarapoto no existe el silencio. Siempre hay algo sonando.
El espejo se quiebra a la melodía Spinettana. El ‘flaco’ se
sentó a las faldas de la cama, me miraba mientras cantaba con guitarra en mano,
derritiendo a esa melodía, como queriendo desvestir la fina ropa blanca de
aquella chica hermosa, como masturbarte el cerebro, como desnudar la voz de María
Calas…
Me arroje a la cama abrumado de libertad, creo que no existe
mayor placer que el sonido. Que el acorde es la morfología de la vida, que
nadamos en piletas gigantes y flotamos de placer mientras huimos en estado de
narcosis, alucinados como aves drogadas.
Cogí mis sentidos, mis dedos meñiques y emprendí viaje. Esa canción
era un bálsamo para mis pies. Un jardinero que temprano amaneció, me
desatormentó para enseñarme a su hermosa serpiente que viajaba por la sal.
Continuaba remolcándome en la cama. Spinetta no deshiilachaba
las hojas del viento, sino al viento mismo, se mimetizaba con el. Su guitarra y
su voz es el cáncer del cual estoy condenado. Y la metástasis avanza irremediablemente.
No tengo cura.
Gracias por todo ‘flaco’. No puedo evitar fumar el riff que
expones a diario en este otoño tardío. No he hecho esto por nadie. Y por nadie
lo hare. También se lo debo a Gustavo. Mi sospecha es que está perdido en algún
puente amarillo. (Regresa Gus, ya pasó el temblor)
Ya las bisagras se rasgan ahora en Lima, acá tampoco parece
existir el silencio. Las luces oscurecen temprano sin las progresivas melodías spinettanas.
Mañana es mejor al lado de la muchacha de ojos de papel. Pienso que, estas ahí,
ahí, muy cerca flaco. Gracias por invitarme el durazno sangrando. Nunca probé
nada mejor.





