
“Tiene una mirada tenue y triste, muy parecida a la mía”, pensó el Delfín. No quería acercarse, tenía ciertos miedos. La miraba y la miraba, siempre de arriba abajo, pues no quería salir del agua. “Si salgo, podrá observarme y capaz nos llevemos una desilusión uno del otro”, pensaba.
La veía desde el interior del agua. Su figura lo atrapaba. Parecía cegado e indolente, al tiempo el delfín se volvió Epicurista, a pesar que ambos apenas podían verse a través del agua. Sus voces, siempre animales y arcanas, no cesaban. Muchas veces caían en el absurdo, pero “incluso la incoherencia suele ser divertida”, pensaba el Delfín.
La sirena, sentada en su isla, miraba desolada como se había alejado de las demás sirenas. Ahora se encontraba sola, y aunque siempre fue su deseo tener una isla propia, le costaba adaptarse. Fue entonces cuando, destino desdichado que decide el futuro, el mar le arrogó un animal, con el que puede salir del letargo.
“No entiendo nada”, pensaba cabizbajo el delfín. Su cuerpo lizo y con olor de ultra-mar se deslizaba vivo, muy vivo, por debajo del mar. Tenía ganas de romper el nivel del agua con el aire, pero aun se contenía. Podía verlo, pero a la vez quería ser visto. Su presente era el agua, tal vez el viento. “Mañana será mejor", pensó y enterró su cabeza a toda furia para volver a nadar…





